INGENIERÍA TEATRAL ( Día Mundial del Teatro)


Decir que el teatro es magia es un lugar común. Además, es una mentira.

No, el teatro no es magia. Es una obra de ingeniería.

Se necesita mucho razonamiento para calcular quienes, como, cuando, donde, de que manera, bajo que condiciones, en que momento sí, en que momento no.

El teatro es complicado. Opera sobre el cerebro y sobre nuestros sistemas sensoriales de manera calculada, precisa, como un escalpelo que sabe donde cortar porque si lo hace en el lugar equivocado puede provocar una catástrofe.

Y pese a todo, las provoca.

Un desorden hormonal, una crisis de los sentidos, una mezcla de miedo, risa y ensueño. Un laboratorio en donde las emociones, cóctel de elementos químicos sazonado con mucho de sociología y un fuerte maridaje del entorno cultural nos ofrece un plato fuerte que puede ser indigesto ó relajante pero pocas veces indiferente.

El teatro ha provocado guerras, insultos, alabanzas, sanaciones, enfermedades, locura, gritos, pasiones, desencuentros. En mi caso, lo amo con la misma intensidad con que lo odio, lo necesito con la misma medida en que lo desprecio, lo envidio tanto como lo acepto como lo que es: parte de mi vida.

El teatro es molestia, instrumento, fin en sí mismo, pancarta, entretenimiento, lujo extremo y pobreza infinita, es desnudez y ropaje caro. Es protocolo y salvajismo, es las dos caras de mil monedas que se desparraman en todos los signos dinerarios como una torre de Babel donde no entendemos nada pero de todos modos queremos jugar.

¿Jugar?¿En la obra de ingeniería?

Porque pese a todo eso, el teatro es caos. Nos abre la piel, las venas, la ropa, los ojos, derrama todo aquello que nos constituye y que no se ve y lo pone frente a nosotros en una deliciosa mezcla revulsiva que, finalmente, agradecemos ver porque comprendemos, al ver esa cosa que se derrama ahí mismo, que se tratad de la esencia pura de la que estamos hechos.

Para ello trabajaron los ingenieros: el vestuarista cosió cien botones, el actor entrenó su cuerpo hasta el agotamiento, el director gritó con ojos empapados sobre sus frustraciones y sus glorias, el iluminador pintó el espacio con lo inasible, el tramoyista se quemó las manos con una cuerda para crear un efecto que duró un instante pero que marcó toda una vida.

Y otros ingenieros pusieron ojos de sapo, pelos de bruja, piel de carnero, cuernos de cabra, polvo de saúco, corteza de abedul, huesos robados en el cementerio. Calcularon las proporciones de ese brebaje horroroso y nos invitaron a beberlo y pese a la mezcla revulsiva que vimos y al sabor dudoso de éste brebaje viscoso, nos lo bebimos y asistimos a la náusea y al orgasmo vestidos con nuestras mejores ropas y nuestros mejores perfumes.

Y aplaudimos. El hechizo tiene que ser roto y la obra de ingeniería debe desarmarse.Porque los brebajes, los derrames, las hemorragias, las náuseas, las guerras, los gritos, los orgasmos, han terminado por destruirlo todo y hay que comenzar de nuevo.

Y de nuevo los botones, los pasos, los huesos, las lágrimas, las palabras, los cálculos. Y de nuevo el amor y el odio y la esencia derramándose y purificando todo. Y el trabajo, la barbería, la boutique, el perfume, el ticket, la tarjeta de crédito, el taxi...toda esa industria para llevarnos otra vez hacia ese antro donde repetir el mismo fatídico aquelarre.

No. No es magia. Es una obra de ingeniería hecha de lo improbable que se mide en balancines y en estadísticas. Es la contradicción misma. Es la esencia humana en toda su dimensión.

Quizá sea por eso que lo celebramos tanto.

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